Por: Dindi Dandelion
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Visiones:
La Voz del Camino
Una vez más, se hallaba en su habitación sin nada que hacer. El libro misterioso aguardaba entre sus manos esperando ser leído, pero Rowyn no le prestaba atención. Miraba fijamente la obra de arte que se asomaba por el resquicio de la puerta que no se atrevía a cerrar, por miedo a apartarla de su mente y olvidarla para siempre. Había discutido mucho con su madre con respecto al lugar que la pintura debía ocupar dentro de la casa, y aunque (como él sabía muy bien) ella había insistido en ponerla en el baño, al final optó por ceder y colgarla en el pasillo, justo frente al cuarto de Rowyn. Desde allí lo atormentaba, sin que supiera con exactitud por qué razón. Recordó a la muchacha de la galería, y la imaginó recorriendo las calles en busca de su cuadro perdido. “Te perseguiré”, esa había sido su amenaza. Sonrió ante lo infantil de la situación, y trató por todos los medios de concentrarse en el libro de la otra chica, la gentil. Sin pensarlo siquiera, se levantó y cerró la puerta de su habitación. Algo en su interior agradeció profundamente ese gesto. Miró otra vez el sol dorado de la cubierta, y luego las siglas “L.B” en la primera página. Suspiró, y siguió adelante. El libro no estaba impreso, todo había sido escrito a mano, con tinta negra y una letra pequeñísima y elegante. Nunca había visto una caligrafía parecida, y por eso mismo, le costó leerla. Las primeras líneas, justo debajo del dibujo de una espiral muy rudimentaria, decían:
“Alabada es aquella nacida del fuego, allá en Kildare donde la eternidad se respira.
Alabada es más allá del seto de la locura, donde no puedes ir, de donde no puedes volver.
Aún más lejos, donde la coincidencia reina, están sus ruinas, esperándote;
Camina hacia atrás, y todas las sombras de ti mismo retornarán a la luz del día.”
Luego de eso, venía otra estrofa, aún más incomprensible que la otra:
“Para quién tiene este tesoro en sus manos: no lo dudes, eres el indicado.
No son sólo las páginas quienes te han escogido.
Necesitas la guía que te lleve a través de ellas, y no por azar la encontrarás un día;
Al pie del acantilado o tal vez… en algún sueño. Espera, y sobretodo, no voltees la hoja”.
Rowyn cerró el libro, decepcionado, y lo volvió a abrir, esperando encontrarse con otra cosa. Pero no, aquellas misteriosas palabras seguían allí, y él, a pesar de todo, no se atrevía a cambiar la página. Lo cerró de golpe, y lo dejó a un lado. Pero, ¿qué demonios? Se suponía que lo ayudaría con su tarea, ¿y ahora resultaba ser un acertijo de 500 páginas? No es que no le interesara, pero... se había hecho ilusiones pensando en que encontraría información de la que ni siquiera Tara podría jactarse. Eso le ocurría por confiar en niñitas caprichosas y bipolares. En fin, tendría que conformarse con lo investigado en los otros libros de texto. Ah, y claro, devolver ése que no le servía de nada. Tomó aquel libro y lo depositó cuidadosamente sobre su mesita de noche, no sin antes echarle otra ojeada, una que duró más o menos media hora, lo suficiente como para aprenderse de memoria ambas estrofas. Resultaban tan diferentes la una de la otra, y todo radicaba en el hecho de que la primera se dirigía a un “alguien”, y la segunda nada más ni nada menos que a él mismo. Convencido de ello, apagó la lámpara y se acostó a dormir.
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Vacío Interdimensional.
¿Qué se siente existir? No ser, existir. Flotar y no sentir. Eres nada. ¿O lo eres todo? Mejor seguir siendo nada, ¿no es cierto? Menos vida, menos esfuerzo. Ahora que tu cuerpo descansa, tu mente divaga en la blancura del no–estar. No hay verdes praderas para ti. Te esperan, sí, pero pronto desaparecerán, igual que el resto de los siglos que pasaron frente a tus ojos, como una estela. Y no lo recuerdas. No, no lo recuerdas... ¿Para qué? ¡¿Cómo que para qué?! ¡PARA VIVIR, ESTÚPIDO!
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Otra vez despertaba de manera brusca y alterada, pero no aterrado como con el sueño de la biblioteca. Para empezar, no había soñado. Había... ehm, ¿qué nombre podía ponerle a esa peculiar experiencia nocturna? De lo único que estaba seguro, era de que no había sentido gran cosa. Sólo una pasividad increíble, y luego... ¡paf! El caos. Una voz lo había arrancado de su paraíso puro e irresistible, para tirarlo contra la cama sin preguntarle siquiera. Vaya, toda una analogía del nacimiento, pensó el chico con amargura. ¿Es que así se sentían los bebés al llegar a este mundo? Qué suerte no recordarlo, entonces...
Tomó su celular y vio la hora. Las 6 AM. Se recostó nuevamente, ya sin sueño, y para variar, se dedicó a mirar el cielo raso de su habitación. A medida que los minutos pasaban, la mañana iba aclarando y Rowyn podía escuchar el arrullo de los pájaros y algún ladrido perdido entre los callejones. Se sentía tan inquieto, que no aguantó más y se levantó, dispuesto a dar un paseo madrugador. Era domingo, podía darse aquel lujo mientras el resto de la gente dormía despreocupadamente. Al salir de la habitación, la horrible pintura se alzó ante él pidiendo atención, pero por alguna razón, Rowyn no se detuvo a mirarla. Algo muy parecido a la urgencia comenzó a apoderarse de su ser, algo relacionado consigo mismo, con un objetivo hasta ahora, desconocido.
Salió de su casa, y respiró el aire frío y renovador. El sol aún no se asomaba, pero la sombra resultaba agradable, así que caminó con lentitud, disfrutando el silencio. ¿Desde cuando un chico como él se permitía hacer esas cosas? Sí, odiaba la normalidad, pero tampoco hacía nada por combatirla. Por ejemplo, dormir hasta entrada la tarde era algo que casi todos sus contemporáneos hacían, y él mismo participaba de ello, al igual que en cosas como ver televisión, quedarse frente al computador hasta la madrugada o ir a alguna fiesta ocasional. Sin embargo ahora, caminaba porque sí muy temprano en la mañana, con el estómago vacío y sin mucho en qué pensar. Eso era algo fuera de lo común. Sonrió para sí, y miró el cielo, límpido y extenso. Tropezó con un par de perros que dormían en la acera, y anduvo por calles que no recorría a menudo. Cuando el sol comenzó a despuntar, decidió detenerse un instante. Había llegado a las avenidas más concurridas del centro de la ciudad, y frente a él se hallaba uno de los puentes que atravesaban el hermoso río Corrib, que atravesaba la ciudad para luego desembocar en la bahía de Galway. Se encogió de hombros, y optó por subir al puente y desde allí observar el río y sus alrededores. Muy pocos automóviles cruzaban la ciudad de un lado a otro, y bandadas de pájaros sobrevolaban la zona o se detenían en las orillas del río a saciar su sed, mientras una pareja de ancianos pasaba a su lado con lentitud y una bolsa de pan humeante. Percibir ese olor le abrió el apetito, pero no se marcharía de allí hasta ver el sol salir. Miró por si venía alguien más, pero no. Estaba desierto, a excepción de una mujer vestida de rojo, situada a un par de metros de donde se hallaba él. Seguro que también viene a lo mismo, pensó, y se apoyó contra la barandilla de seguridad, esperando la luz cálida de todos los días. Pero ésta, luego de un buen rato, aún no venía. Y no era porque se hubiese nublado de forma repentina; simplemente, el sol no salía. El tiempo parecía detenido, pero todo seguía moviéndose con normalidad: las aves aleteaban junto al agua, el viento soplaba contra los árboles, la gente salía de sus casas en búsqueda de un desayuno más alternativo, algunos autobuses comenzaban sus recorridos diarios... pero el sol no aparecía. Extrañado, y notoriamente desalentado, buscó alguna señal que le indicara que sucedía. Pero en ningún rostro observó la menor sorpresa. ¿Es que nadie se daba cuenta de que no estaba amaneciendo? Decidido, se acercó a la mujer de rojo que todavía seguía de pie, mirando el río, para preguntarle si notaba algo raro o lo que fuera. No obstante, a medida que se acercaba a ella notaba que sus rasgos eran más los de una muchacha que los de una mujer más madura. Y ya a su lado, dio por hecho dos cosas: primero, que se trataba (¡otra vez!) de la misma chica del día anterior, y segundo... que ella sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Rowyn retrocedió por instinto, al acordarse de lo descortés que había sido en la tienda de arte, pero ella lo miró con expresión afable y le sonrió.
– No es que el sol no quiera salir – le dijo ella, con un tono soñador –. Lo que pasa, es que está esperando a que algo suceda.
– ¿Algo como qué? – preguntó el muchacho, un poco incrédulo.
– No lo sé, podríamos preguntarle – respondió ella, sin darle mucha importancia.
– Sí, claro – murmuró Rowyn, pensando de forma casi inconsciente en cómo hablar con el sol y preguntarle. Al sorprenderse imaginando algunas posibilidades, como viajes en naves espaciales y las típicas habichuelas mágicas (mucho más tecnológicas, dado que estaban en pleno siglo XXI), soltó una carcajada.
– ¿Sabes que no hay opciones cuando se trata de sucesos determinados por el destino, verdad? – volvió a hablar la chica, sin mirarlo a la cara. Sus ojos estaban fijos en el agua del río.
– ¿El destino determinó que hoy no saliera el sol? – intentó bromear Rowyn, pero no le resultó. Cada palabra que decía ella lo dejaba desconcertado, como si nunca se hubieran pronunciado antes. Bueno, no eran las cosas que alguien acostumbraba decir a un desconocido.
– El sol tiene voluntad propia, por eso prefiere esperar – rió la chica, divertida.- Hace un rato, ya se veían algunos de sus rayos en el este, pero al notar que un fenómeno especial ocurriría sobre la faz de la tierra, optó por guardar toda su luz un momento y luego soltarla con total gloria y majestad. Según él, la ocasión lo merece.
– Si no fuera porque en verdad esto está pasando, creería que son historias que te estás inventando – soltó él, con una naturalidad inesperada. Ella dejó escapar una risa fresca y desinhibida que produjo que algunos pájaros de las cercanías huyeran alarmados.
– Y si me las estuviera inventando, ¿habría algún problema? Todo es posible – arguyó, para luego tomar una gran bocanada de aire. Rowyn la observó con atención, y se cuestionó el hecho de no haberse fijado mejor en ella cuando la conoció en la biblioteca. No es que tuviese la apariencia de un extraterrestre, pero su aire de chifladura era inconfundible. Y esa boina roja que llevaba sobre el cabello desordenado, le quedaba grande.
– Nos conocimos en la biblioteca, ¿recuerdas? – mencionó él, sin poder aguantarse.
– Sí, podría decirse que sí.
– Y luego nos vimos en la tienda de tu madre... aunque estabas un poco diferente.
Ella no respondió, inmersa como estaba en la corriente del río Corrib. Él no se atrevió a decir nada más al respecto, pero la curiosidad comenzaba a carcomerle la mente. Dejó que los minutos pasaran, lentos y confortables. Nunca había conocido a alguien así, ni por si acaso. Ni siquiera él mismo entraba en esa categoría de ser humano, tan vivo y ameno, y a la vez, tan inalcanzable. Y eso que llevaba apenas unos instantes con ella, nada más... Qué importaba. Si había algo que le gustaba a Rowyn, era el tratar de descubrir el más allá de las personas. Tenía la teoría de que cada ser humano del planeta tenía su más acá y su más allá. Lo mundano y lo divino. Lo cercano y lo remoto. Pero lo extraño de todo esto era, que ella no parecía tener un más acá.
– Tú eres L.B, ¿cierto?
– Ah, ¿qué?
– La del libro, las iniciales...
– Ah, el libro. Bueno, si quieres llamarme así...
– Preferiría saber tu nombre de pila, si no es mucha molestia.
– Bah, L.B está bien – dijo ella, para luego exclamar, apuntando al cielo –: ¡Mira, está saliendo! ¡Por fin!
Rowyn no necesitó mirar, pues en el rostro de ella podía apreciar cada brillante rayo de aquel sol que nacía como todas las mañanas, pero con un significado especial, como si algo en su interior se hubiese encendido; no de forma permanente, pero si lo suficientemente duradero como para guardarlo en su memoria y no olvidarlo jamás. Fue en ese entonces cuando se dio cuenta de que sus cabellos tenían el color de la miel, y sintió el fuerte impulso de acariciarlos. Le traían visiones de campos de trigos y praderas de girasoles. Ella estaba ensimismada en el disco solar, mientras murmuraba cosas que él no conseguía escuchar con claridad. Sacudió su cabeza, un poco atontado, y desvió su mirada. El sol no consiguió golpearlo tan fuerte como él esperaba, porque ya había sido encandilado por algo aparentemente mucho más insignificante.
El muchacho se apoyó en la baranda del puente, un poco fatigado. Debían ser cerca de las 10 de la mañana y aún no había desayunado. Pero, ¿qué importaba eso? Estaba viendo por primera vez un amanecer tardío, junto a alguien que no sabía si denominar como duende o una simple aparición. No le preguntó qué hacía allí, justo en aquel puente y a pocos centímetros de él. A lo mejor la respuesta sería la misma si le preguntaba que hacía en la biblioteca o en la galería de arte, el día anterior. Estar atenta a las mismas cosas que tú, podría decirle ella, aunque él en realidad no estaba atento a nada. Por eso se amedrentó un poco cuando vio los ojos oscuros de la chica pendientes de los suyos. No lo examinaban ni pretendían hacerlo, sólo parecían... reconocerlo.
– Lucerna – dijo ella, apenas en un susurro –. Me llamo Lucerna.
- Rowyn – dijo él a su vez, no de forma automática, si no que sintiendo que por primera vez, decía su nombre de verdad.
– ¿Y qué eres, un caballero andante? – bromeó ella.
– ¿Lo parezco?
– No, pero podrías.
– Y tú, ¿qué eres, un hada?
– ¿Acaso lo parezco?
– No, pero... – Rowyn se detuvo, consciente de que no podía continuar hablando. Algo había en la forma en la que ella se dejaba bañar por la luz solar, algo que lo inquietaba... y lo atraía. Algo que le hacía olvidar que ella era una extraña en su vida. Trató de apartar esos delirios de su mente, y pensó en volver a casa. Dio una última mirada al río y al sol, y se apartó de la barandilla. La muchacha percibió aquel gesto.
– ¿Te marchas?
– Mis papás me esperan – mintió él.
– ¿Y qué haremos?
– ¿De qué me hablas?
– ¿No viniste aquí porque me... porque necesitabas mi ayuda? – preguntó ella, con una sonrisa un poco triste, y agregó, al ver la interrogante en los ojos de Rowyn: – ¿No... no leíste el libro?
- Sólo la primera página. Según dice allí, no puedo seguir porque...
– Tienes que esperar hasta encontrar tu guía – le interrumpió Lucerna, ansiosa.
– Espera, espera... – Rowyn no acababa de entender. ¿Ella quería ser su guía? ¿Y de qué? –. ¿Por qué me entregaste ese libro? Dijiste que me ayudaría...
– ¿En serio eso dije? Pues sí, entre otras cosas, podría ayudarte.
– No soy bueno con los acertijos.
– Necesitas a alguien que te ayude a resolverlos.
– No, gracias.
– Como quieras – cortó ella, lanzando un suspiro. Se quitó la boina roja, y siguió mirando en dirección al este.
– Bueno... adiós – se despidió Rowyn, como si por segundos fuera una persona totalmente diferente y estuviese dirigiéndose a un vecino o a algún profesor en el instituto. Ella hizo un gesto con la mano, sin mirarlo, y volvió a encontrarla como en la galería, arisca y enmudecida de rabia. Rowyn se alejó del puente a toda prisa, pero cuando se hallaba varias cuadras más allá, sintió deseos de volver y decirle que sí, que aceptaba ser guiado... a donde fuera. Había sido demasiado duro y grosero, pero, ¿qué podía hacer? De repente, sus emociones se encontraban amenazadas y su caparazón de neutralidad se hacía trizas, dejando entrar goteras y calamidades varias. Aunque... ella no parecía ninguna calamidad. ¡Diablos! Continuó su caminata para volver a casa, con la culpabilidad chocando aceleradamente contra su corazón, que después de todo, no se sentía tan mal. Decidió que después de desayunar, visitaría a Tara. Debían ver lo de su trabajo en conjunto y... agh, el libro no servía para nada. Para nada común y corriente, se corrigió Rowyn, mientras evocaba el trigo, el sol y los girasoles.
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El no–vacío.
¿Qué se siente ser demasiado? Vivir tanto que no alcanza el tiempo ni el espacio. ¿Sirve, con tanta soledad de por medio? Veo lo invisible, siento lo inexplicable. Quito vendas de los ojos, y luego las pongo en los corazones. Oh, Dios de la Bondad, toca tu música y adorméceme por un instante. Tanto pesar me tortura, tanta tristeza me aflige al punto de no poder respirar. ¿Sientes aquel cansancio en mis párpados? Llévame contigo, y pronto volveré con más fuerzas.
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Lucerna lo vio alejarse tal como lo vio acercarse, tan temprano y silencioso, como si estuviera en otro mundo, o ansioso de dejar éste. Sintió pena, pero no derramó ninguna lágrima. Había esperado años, ¿por qué no podía esperar un poco más?
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