2 ~ Hipnosis .

| 2 oráculos |

Una vez más, se hallaba en su habitación sin nada que hacer. El libro misterioso aguardaba entre sus manos esperando ser leído, pero Rowyn no le prestaba atención. Miraba fijamente la obra de arte que se asomaba por el resquicio de la puerta que no se atrevía a cerrar, por miedo a apartarla de su mente y olvidarla para siempre. Había discutido mucho con su madre con respecto al lugar que la pintura debía ocupar dentro de la casa, y aunque (como él sabía muy bien) ella había insistido en ponerla en el baño, al final optó por ceder y colgarla en el pasillo, justo frente al cuarto de Rowyn. Desde allí lo atormentaba, sin que supiera con exactitud por qué razón. Recordó a la muchacha de la galería, y la imaginó recorriendo las calles en busca de su cuadro perdido. “Te perseguiré”, esa había sido su amenaza. Sonrió ante lo infantil de la situación, y trató por todos los medios de concentrarse en el libro de la otra chica, la gentil. Sin pensarlo siquiera, se levantó y cerró la puerta de su habitación. Algo en su interior agradeció profundamente ese gesto. Miró otra vez el sol dorado de la cubierta, y luego las siglas “L.B” en la primera página. Suspiró, y siguió adelante. El libro no estaba impreso, todo había sido escrito a mano, con tinta negra y una letra pequeñísima y elegante. Nunca había visto una caligrafía parecida, y por eso mismo, le costó leerla. Las primeras líneas, justo debajo del dibujo de una espiral muy rudimentaria, decían:

“Alabada es aquella nacida del fuego, allá en Kildare donde la eternidad se respira.

Alabada es más allá del seto de la locura, donde no puedes ir, de donde no puedes volver.

Aún más lejos, donde la coincidencia reina, están sus ruinas, esperándote;

Camina hacia atrás, y todas las sombras de ti mismo retornarán a la luz del día.”

Luego de eso, venía otra estrofa, aún más incomprensible que la otra:

“Para quién tiene este tesoro en sus manos: no lo dudes, eres el indicado.

No son sólo las páginas quienes te han escogido.

Necesitas la guía que te lleve a través de ellas, y no por azar la encontrarás un día;

Al pie del acantilado o tal vez… en algún sueño. Espera, y sobretodo, no voltees la hoja”.

Rowyn cerró el libro, decepcionado, y lo volvió a abrir, esperando encontrarse con otra cosa. Pero no, aquellas misteriosas palabras seguían allí, y él, a pesar de todo, no se atrevía a cambiar la página. Lo cerró de golpe, y lo dejó a un lado. Pero, ¿qué demonios? Se suponía que lo ayudaría con su tarea, ¿y ahora resultaba ser un acertijo de 500 páginas? No es que no le interesara, pero... se había hecho ilusiones pensando en que encontraría información de la que ni siquiera Tara podría jactarse. Eso le ocurría por confiar en niñitas caprichosas y bipolares. En fin, tendría que conformarse con lo investigado en los otros libros de texto. Ah, y claro, devolver ése que no le servía de nada. Tomó aquel libro y lo depositó cuidadosamente sobre su mesita de noche, no sin antes echarle otra ojeada, una que duró más o menos media hora, lo suficiente como para aprenderse de memoria ambas estrofas. Resultaban tan diferentes la una de la otra, y todo radicaba en el hecho de que la primera se dirigía a un “alguien”, y la segunda nada más ni nada menos que a él mismo. Convencido de ello, apagó la lámpara y se acostó a dormir.

Vacío Interdimensional.

¿Qué se siente existir? No ser, existir. Flotar y no sentir. Eres nada. ¿O lo eres todo? Mejor seguir siendo nada, ¿no es cierto? Menos vida, menos esfuerzo. Ahora que tu cuerpo descansa, tu mente divaga en la blancura del no–estar. No hay verdes praderas para ti. Te esperan, sí, pero pronto desaparecerán, igual que el resto de los siglos que pasaron frente a tus ojos, como una estela. Y no lo recuerdas. No, no lo recuerdas... ¿Para qué? ¡¿Cómo que para qué?! ¡PARA VIVIR, ESTÚPIDO!

Otra vez despertaba de manera brusca y alterada, pero no aterrado como con el sueño de la biblioteca. Para empezar, no había soñado. Había... ehm, ¿qué nombre podía ponerle a esa peculiar experiencia nocturna? De lo único que estaba seguro, era de que no había sentido gran cosa. Sólo una pasividad increíble, y luego... ¡paf! El caos. Una voz lo había arrancado de su paraíso puro e irresistible, para tirarlo contra la cama sin preguntarle siquiera. Vaya, toda una analogía del nacimiento, pensó el chico con amargura. ¿Es que así se sentían los bebés al llegar a este mundo? Qué suerte no recordarlo, entonces...

Tomó su celular y vio la hora. Las 6 AM. Se recostó nuevamente, ya sin sueño, y para variar, se dedicó a mirar el cielo raso de su habitación. A medida que los minutos pasaban, la mañana iba aclarando y Rowyn podía escuchar el arrullo de los pájaros y algún ladrido perdido entre los callejones. Se sentía tan inquieto, que no aguantó más y se levantó, dispuesto a dar un paseo madrugador. Era domingo, podía darse aquel lujo mientras el resto de la gente dormía despreocupadamente. Al salir de la habitación, la horrible pintura se alzó ante él pidiendo atención, pero por alguna razón, Rowyn no se detuvo a mirarla. Algo muy parecido a la urgencia comenzó a apoderarse de su ser, algo relacionado consigo mismo, con un objetivo hasta ahora, desconocido.

Salió de su casa, y respiró el aire frío y renovador. El sol aún no se asomaba, pero la sombra resultaba agradable, así que caminó con lentitud, disfrutando el silencio. ¿Desde cuando un chico como él se permitía hacer esas cosas? Sí, odiaba la normalidad, pero tampoco hacía nada por combatirla. Por ejemplo, dormir hasta entrada la tarde era algo que casi todos sus contemporáneos hacían, y él mismo participaba de ello, al igual que en cosas como ver televisión, quedarse frente al computador hasta la madrugada o ir a alguna fiesta ocasional. Sin embargo ahora, caminaba porque sí muy temprano en la mañana, con el estómago vacío y sin mucho en qué pensar. Eso era algo fuera de lo común. Sonrió para sí, y miró el cielo, límpido y extenso. Tropezó con un par de perros que dormían en la acera, y anduvo por calles que no recorría a menudo. Cuando el sol comenzó a despuntar, decidió detenerse un instante. Había llegado a las avenidas más concurridas del centro de la ciudad, y frente a él se hallaba uno de los puentes que atravesaban el hermoso río Corrib, que atravesaba la ciudad para luego desembocar en la bahía de Galway. Se encogió de hombros, y optó por subir al puente y desde allí observar el río y sus alrededores. Muy pocos automóviles cruzaban la ciudad de un lado a otro, y bandadas de pájaros sobrevolaban la zona o se detenían en las orillas del río a saciar su sed, mientras una pareja de ancianos pasaba a su lado con lentitud y una bolsa de pan humeante. Percibir ese olor le abrió el apetito, pero no se marcharía de allí hasta ver el sol salir. Miró por si venía alguien más, pero no. Estaba desierto, a excepción de una mujer vestida de rojo, situada a un par de metros de donde se hallaba él. Seguro que también viene a lo mismo, pensó, y se apoyó contra la barandilla de seguridad, esperando la luz cálida de todos los días. Pero ésta, luego de un buen rato, aún no venía. Y no era porque se hubiese nublado de forma repentina; simplemente, el sol no salía. El tiempo parecía detenido, pero todo seguía moviéndose con normalidad: las aves aleteaban junto al agua, el viento soplaba contra los árboles, la gente salía de sus casas en búsqueda de un desayuno más alternativo, algunos autobuses comenzaban sus recorridos diarios... pero el sol no aparecía. Extrañado, y notoriamente desalentado, buscó alguna señal que le indicara que sucedía. Pero en ningún rostro observó la menor sorpresa. ¿Es que nadie se daba cuenta de que no estaba amaneciendo? Decidido, se acercó a la mujer de rojo que todavía seguía de pie, mirando el río, para preguntarle si notaba algo raro o lo que fuera. No obstante, a medida que se acercaba a ella notaba que sus rasgos eran más los de una muchacha que los de una mujer más madura. Y ya a su lado, dio por hecho dos cosas: primero, que se trataba (¡otra vez!) de la misma chica del día anterior, y segundo... que ella sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Rowyn retrocedió por instinto, al acordarse de lo descortés que había sido en la tienda de arte, pero ella lo miró con expresión afable y le sonrió.

– No es que el sol no quiera salir – le dijo ella, con un tono soñador –. Lo que pasa, es que está esperando a que algo suceda.

– ¿Algo como qué? – preguntó el muchacho, un poco incrédulo.

– No lo sé, podríamos preguntarle – respondió ella, sin darle mucha importancia.

– Sí, claro – murmuró Rowyn, pensando de forma casi inconsciente en cómo hablar con el sol y preguntarle. Al sorprenderse imaginando algunas posibilidades, como viajes en naves espaciales y las típicas habichuelas mágicas (mucho más tecnológicas, dado que estaban en pleno siglo XXI), soltó una carcajada.

– ¿Sabes que no hay opciones cuando se trata de sucesos determinados por el destino, verdad? – volvió a hablar la chica, sin mirarlo a la cara. Sus ojos estaban fijos en el agua del río.

– ¿El destino determinó que hoy no saliera el sol? – intentó bromear Rowyn, pero no le resultó. Cada palabra que decía ella lo dejaba desconcertado, como si nunca se hubieran pronunciado antes. Bueno, no eran las cosas que alguien acostumbraba decir a un desconocido.

– El sol tiene voluntad propia, por eso prefiere esperar – rió la chica, divertida.- Hace un rato, ya se veían algunos de sus rayos en el este, pero al notar que un fenómeno especial ocurriría sobre la faz de la tierra, optó por guardar toda su luz un momento y luego soltarla con total gloria y majestad. Según él, la ocasión lo merece.

– Si no fuera porque en verdad esto está pasando, creería que son historias que te estás inventando – soltó él, con una naturalidad inesperada. Ella dejó escapar una risa fresca y desinhibida que produjo que algunos pájaros de las cercanías huyeran alarmados.

– Y si me las estuviera inventando, ¿habría algún problema? Todo es posible – arguyó, para luego tomar una gran bocanada de aire. Rowyn la observó con atención, y se cuestionó el hecho de no haberse fijado mejor en ella cuando la conoció en la biblioteca. No es que tuviese la apariencia de un extraterrestre, pero su aire de chifladura era inconfundible. Y esa boina roja que llevaba sobre el cabello desordenado, le quedaba grande.

– Nos conocimos en la biblioteca, ¿recuerdas? – mencionó él, sin poder aguantarse.

– Sí, podría decirse que sí.

– Y luego nos vimos en la tienda de tu madre... aunque estabas un poco diferente.

Ella no respondió, inmersa como estaba en la corriente del río Corrib. Él no se atrevió a decir nada más al respecto, pero la curiosidad comenzaba a carcomerle la mente. Dejó que los minutos pasaran, lentos y confortables. Nunca había conocido a alguien así, ni por si acaso. Ni siquiera él mismo entraba en esa categoría de ser humano, tan vivo y ameno, y a la vez, tan inalcanzable. Y eso que llevaba apenas unos instantes con ella, nada más... Qué importaba. Si había algo que le gustaba a Rowyn, era el tratar de descubrir el más allá de las personas. Tenía la teoría de que cada ser humano del planeta tenía su más acá y su más allá. Lo mundano y lo divino. Lo cercano y lo remoto. Pero lo extraño de todo esto era, que ella no parecía tener un más acá.

– Tú eres L.B, ¿cierto?

– Ah, ¿qué?

– La del libro, las iniciales...

– Ah, el libro. Bueno, si quieres llamarme así...

– Preferiría saber tu nombre de pila, si no es mucha molestia.

– Bah, L.B está bien – dijo ella, para luego exclamar, apuntando al cielo –: ¡Mira, está saliendo! ¡Por fin!

Rowyn no necesitó mirar, pues en el rostro de ella podía apreciar cada brillante rayo de aquel sol que nacía como todas las mañanas, pero con un significado especial, como si algo en su interior se hubiese encendido; no de forma permanente, pero si lo suficientemente duradero como para guardarlo en su memoria y no olvidarlo jamás. Fue en ese entonces cuando se dio cuenta de que sus cabellos tenían el color de la miel, y sintió el fuerte impulso de acariciarlos. Le traían visiones de campos de trigos y praderas de girasoles. Ella estaba ensimismada en el disco solar, mientras murmuraba cosas que él no conseguía escuchar con claridad. Sacudió su cabeza, un poco atontado, y desvió su mirada. El sol no consiguió golpearlo tan fuerte como él esperaba, porque ya había sido encandilado por algo aparentemente mucho más insignificante.

El muchacho se apoyó en la baranda del puente, un poco fatigado. Debían ser cerca de las 10 de la mañana y aún no había desayunado. Pero, ¿qué importaba eso? Estaba viendo por primera vez un amanecer tardío, junto a alguien que no sabía si denominar como duende o una simple aparición. No le preguntó qué hacía allí, justo en aquel puente y a pocos centímetros de él. A lo mejor la respuesta sería la misma si le preguntaba que hacía en la biblioteca o en la galería de arte, el día anterior. Estar atenta a las mismas cosas que tú, podría decirle ella, aunque él en realidad no estaba atento a nada. Por eso se amedrentó un poco cuando vio los ojos oscuros de la chica pendientes de los suyos. No lo examinaban ni pretendían hacerlo, sólo parecían... reconocerlo.

Lucerna – dijo ella, apenas en un susurro –. Me llamo Lucerna.

- Rowyn – dijo él a su vez, no de forma automática, si no que sintiendo que por primera vez, decía su nombre de verdad.

– ¿Y qué eres, un caballero andante? – bromeó ella.

– ¿Lo parezco?

– No, pero podrías.

– Y tú, ¿qué eres, un hada?

– ¿Acaso lo parezco?

– No, pero... – Rowyn se detuvo, consciente de que no podía continuar hablando. Algo había en la forma en la que ella se dejaba bañar por la luz solar, algo que lo inquietaba... y lo atraía. Algo que le hacía olvidar que ella era una extraña en su vida. Trató de apartar esos delirios de su mente, y pensó en volver a casa. Dio una última mirada al río y al sol, y se apartó de la barandilla. La muchacha percibió aquel gesto.

– ¿Te marchas?

– Mis papás me esperan – mintió él.

– ¿Y qué haremos?

– ¿De qué me hablas?

– ¿No viniste aquí porque me... porque necesitabas mi ayuda? – preguntó ella, con una sonrisa un poco triste, y agregó, al ver la interrogante en los ojos de Rowyn: – ¿No... no leíste el libro?

- Sólo la primera página. Según dice allí, no puedo seguir porque...

– Tienes que esperar hasta encontrar tu guía – le interrumpió Lucerna, ansiosa.

– Espera, espera... – Rowyn no acababa de entender. ¿Ella quería ser su guía? ¿Y de qué? –. ¿Por qué me entregaste ese libro? Dijiste que me ayudaría...

– ¿En serio eso dije? Pues sí, entre otras cosas, podría ayudarte.

– No soy bueno con los acertijos.

– Necesitas a alguien que te ayude a resolverlos.

– No, gracias.

– Como quieras – cortó ella, lanzando un suspiro. Se quitó la boina roja, y siguió mirando en dirección al este.

– Bueno... adiós – se despidió Rowyn, como si por segundos fuera una persona totalmente diferente y estuviese dirigiéndose a un vecino o a algún profesor en el instituto. Ella hizo un gesto con la mano, sin mirarlo, y volvió a encontrarla como en la galería, arisca y enmudecida de rabia. Rowyn se alejó del puente a toda prisa, pero cuando se hallaba varias cuadras más allá, sintió deseos de volver y decirle que sí, que aceptaba ser guiado... a donde fuera. Había sido demasiado duro y grosero, pero, ¿qué podía hacer? De repente, sus emociones se encontraban amenazadas y su caparazón de neutralidad se hacía trizas, dejando entrar goteras y calamidades varias. Aunque... ella no parecía ninguna calamidad. ¡Diablos! Continuó su caminata para volver a casa, con la culpabilidad chocando aceleradamente contra su corazón, que después de todo, no se sentía tan mal. Decidió que después de desayunar, visitaría a Tara. Debían ver lo de su trabajo en conjunto y... agh, el libro no servía para nada. Para nada común y corriente, se corrigió Rowyn, mientras evocaba el trigo, el sol y los girasoles.

El no–vacío.

¿Qué se siente ser demasiado? Vivir tanto que no alcanza el tiempo ni el espacio. ¿Sirve, con tanta soledad de por medio? Veo lo invisible, siento lo inexplicable. Quito vendas de los ojos, y luego las pongo en los corazones. Oh, Dios de la Bondad, toca tu música y adorméceme por un instante. Tanto pesar me tortura, tanta tristeza me aflige al punto de no poder respirar. ¿Sientes aquel cansancio en mis párpados? Llévame contigo, y pronto volveré con más fuerzas.

Lucerna lo vio alejarse tal como lo vio acercarse, tan temprano y silencioso, como si estuviera en otro mundo, o ansioso de dejar éste. Sintió pena, pero no derramó ninguna lágrima. Había esperado años, ¿por qué no podía esperar un poco más?

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1 ~ Aparición.

| 3 oráculos |

Despertó cubierto en sudor y conteniendo un aullido de dolor. No sabía si era por el extraño sueño que tuvo o por el terrible librazo que Tara descargó sobre él, pero le dolía la cabeza, y agradeció que su amiga no repitiera el gesto para asegurarse de que estuviese totalmente de vuelta en la realidad. Miró a su alrededor, aturdido. Estantes altísimos y repletos de libros, mesas de madera lustrosa, sillones, lámparas colgando del cielo raso, gente silenciosa vagando por los pasillos o sentándose a leer en algún rincón, generalmente estudiantes con lastimosas caras de sueño, documentándose muy a su pesar de cosas que no le interesaban a nadie...  ¡Rayos! Ahora comprendía por qué su amiga lo observaba entre molesta y burlona.

– Lo siento, no acostumbro a dormirme en las bibliotecas – se disculpó, refregándose los ojos con las mangas de su chaleco.

– Yo no estaría tan segura – murmuró Tara, aguantándose la risa. Cuando por fin lo consiguió, se sentó en la silla donde antes había depositado su mochila, y se prestó a abrir el libro con el que había pegado a su amigo. Al ver que éste la miraba sin reaccionar, le increpó –: Hey, ¿recuerdas por qué estamos aquí? Será mejor que me ayudes con la investigación o nos irá muy mal.

Ah, sí. Aquel trabajo para la clase de Literatura. Ahora lo recordaba...  Se levantó dificultosamente de su asiento, decidido a buscar algo de información. Tara no se inmutó, ya estaba demasiado concentrada en la lectura como para molestarse.

El chico caminó cansinamente hasta la primera estantería que se cruzó frente a él. Miró sin mucho interés los títulos de los libros y ojeó algunas páginas sólo para sentir que estaba haciendo algo útil. No era porque no le gustara leer, pero es que... se sentía repentinamente vacío, sin energía. Ya hacían varias semanas desde que los sueños acudían a él en todo momento, y comenzaba a sospechar que estos tenían algo que ver con su bajo estado de ánimo. Continuó paseándose por los pasillos de la biblioteca, tratando de pensar en su tarea y sobre todo, en no defraudar a Tara. Llegó a una de las secciones más antiguas del lugar, y trató de prestar atención. Mitología ancestral... Sí, hay bastante... Mhh, el Ciclo de Ulster, podría echarle una mirada. La época de Oro Celta... ¿por qué no? Uno a uno iba tomando los libros y cargándolos bajo el brazo. Llevaría todo lo que pudiese a la mesa de trabajo y no se movería de allí hasta haber terminado la investigación. A pesar de su desgano, le parecía increíble que a su edad no conociera lo suficiente de la historia y la mitología de su lugar de origen. Eso le había sorprendido también al profesor, y por eso había recurrido a calificarlos con una exposición creativa del tema en cuestión.

– Uff, creo que eso es todo – dijo el chico para sí, cogiendo el último libro y depositándolo sobre la no menor torre que llevaba a duras penas. Una chica que curioseaba entre los ejemplares del mismo estante que él, sonrió divertida.

– Oye, ¿no quieres un poco de ayuda?

El muchacho se volteó sorprendido hacia ella.

– No, no te molestes...

– Insisto – dijo la chica, sonriendo un poco más.

– Como quieras – aceptó él, pensando en largarse rápido de allí. No es que quisiera hacer vida social justo en ese instante...

Un libro cayó como una bomba sobre su enorme torre. La desconocida (que seguía con su gran sonrisa) se lo había lanzado.

– Estoy segura de que ése servirá. Léelo con atención, a lo mejor te gusta – sugirió ella, y luego de eso, se alejó sin siquiera despedirse, para buscar algunas otras cosas interesantes o tal vez marcharse del lugar. El chico gruñó, y se sintió aliviado. Por un momento, realmente pensó en que ella lo ayudaría a cargar con los kilos de información hasta su mesa, pero no... Claro que no. Sólo contribuyó a aumentar el peso. Unos minutos después, apareció frente a Tara, quién lo observaba atónita.

– Vaya, ¿leerás todo eso tú solo?

– Evita el sarcasmo, si puedes – le respondió el muchacho, un poco abatido.

– Ánimo, nos queda toda una semana – susurró Tara, dándole una palmadita en el hombro. No tardó en sumergirse en el trabajo otra vez.

 ~

Rowyn Kerrigan aparentaba ser un chico normal, o por lo menos lo suficiente como para ser aceptado en la sociedad. Tenía todas las partes de su cuerpo bien puestas donde debían estar y sin ningún defecto irremediable. Sus órganos internos funcionaban a la perfección, no sufría de esquizofrenia, epilepsia o depresión endógena; es más, los momentos más depresivos de su vida se remitían a ataques esporádicos de ira, y algún llanto perdido en aquellos años de infancia que tanto le costaba recordar.  Su contextura delgada, su color de piel y su forma de vestir no decían absolutamente nada de su forma de ser, ni siquiera si tenía algún problema alimenticio, alergia al sol o si se sentía cómodo usando ropa vieja y desgastada. Todo en él parecía de una neutralidad asombrosa y por eso, quizás, no tenía líos de ningún tipo con nadie. Sin embargo, Rowyn no creía en la normalidad. La usaba a su favor, pero la detestaba. Se reía a menudo de la gente y de las reacciones que podrían tener si se enteraban de que él era una especie de híbrido, ser extraterrestre, o cosas por el estilo. El muchacho agradecía que el resto de los habitantes del planeta que sabían de su existencia no esperaran mucho de él. Ni hablar del elocuente número de personas que jamás se cruzarían en su camino aunque fuese para compartir el mismo semáforo. Nadie, pero nadie, tenía forma alguna de saber lo impredecible que Rowyn podía ser. Ni siquiera Tara, su mejor amiga y la única capaz de mantenerse a su lado sin exasperarse o perder la paciencia.  Mientras caminaba de vuelta a su casa desde la Biblioteca Pública de Galway, pensó en ella, aunque se habían separado apenas hace unos minutos.

Aquella muchacha de sorprendente cabellera negra y profundos ojos azules se había ganado su confianza hace muchísimos años, cuando ambos eran apenas unos niños que sólo ansiaban jugar y correr por los parques. Los padres de Rowyn y los padres de Tara eran muy unidos, y sus hijos habían heredado tal afecto, como era de esperarse. Habían sido vecinos por algunos años, y por problemas de fuerza mayor, Tara terminó yéndose a otro barrio; pero eso no significó ningún impedimento para que se siguieran viendo. Tenían el colegio y toda una ciudad que recorrer. Lástima que eso ya está acabando, pensó Rowyn, mientras cruzaba una avenida solitaria. Pronto su estadía en el colegio terminaría y cualquier cosa que decidieran hacer a futuro los alejaría de un camino en conjunto. Tara se iría quizás a otro país, a estudiar arqueología, seguramente, y él... lo único que tenia claro era que la extrañaría con todo su ser (aunque no se notara). Un montón de veces se había preguntado si lo que sentía por ella iba más allá de una simple y hermosa amistad, pero no cabía duda alguna de que no era así, y se quedaba tranquilo y sin remordimientos. No quería enlazarse sentimentalmente con ninguna persona.

Dejó de lado a Tara y destinó sus pensamientos a cosas más irrelevantes hasta que llegó a su casa. Ya en su habitación, lanzó el bolso a un lado y se acostó en la cama deshecha. No tenía ganas de dormir, así que se contentó con mirar el techo. Cuando se aburrió de la monotonía del panorama, optó por abrir su bolso. Allí estaba el libro que aquella desconocida de la biblioteca le había recomendado. Era viejo y las páginas parecían a punto de resquebrajarse, pero estaba bien cuidado. En los bordes de la portada había pequeños motivos en dorado de flores y enredaderas, y un gran sol aparecía dibujado al centro, donde debería estar el título (seguramente con el tiempo se había borrado). Le había parecido extraño aquel detalle, pero quizás no tanto al descubrir que aquel libro no pertenecía a la biblioteca pública. Cuando había ido a pedirlo a una de las encargadas, se fijó en que no tenía ningún tipo de ficha de préstamo ni estampilla que indicara propiedad del estado. En su lugar se hallaban escritas las iniciales “L.B”, en una esquina de la primera hoja y con tinta negra. Al sentirse tan intrigado, optó por llevárselo a casa, y allí estaba, en sus manos. Pensó que quizás alguien le había quitado la identificación de la contraportada tan sólo para molestar, y si era así, debía devolverlo de inmediato. Pero si se daba el caso de que perteneciera a esa muchacha... ¿no debía pensar en devolverlo, también? Se encogió de hombros, y se decidió a leer; pero un segundo después, sonó el teléfono y con un suspiro dejó el libro sobre la cama. Llegó hasta la sala de estar, y contestó.

– ¿Rowyn?

– Ah, hola mamá.

– ¿Está todo bien? ¿Ya comiste?

– Aún no.

– Preocúpate de eso, por favor. ¿Volverás a la biblioteca?

– No, ¿por qué?

– Ah... es que necesito que a eso de las seis vayas a buscar aquel cuadro que encargué hace unas semanas, ¿te acuerdas? Prometieron tenerlo para hoy, y no tengo tiempo para ir yo misma.

– Ok. ¿Es esa galería que queda en el parque Kilkerrin?

– La misma. Es sólo ir a recoger el cuadro...

– Muy bien, mamá. Hablamos más tarde.

Cortó la llamada asumiendo que tendría que deshacerse del desgano que se propagaba por todo su ser, y salir de la casa otra vez. Su madre, una científica loca que pasaba todos los días hábiles de la semana encerrada en su laboratorio, era además una fanática de las obras de arte más surrealistas y abstractas existentes en el país y en el mundo.  Por esa razón, su casa se había ido transformando en una especie de mini museo y cada vez tenían menos espacio para realizar las actividades comunes y corrientes como recibir visitas, comer y ver televisión en la sala de estar. El padre de Rowyn, un arquitecto exitoso, no se mostraba para nada disgustado con el sentido decorativo de su esposa, porque al igual que ella, nunca estaba en casa salvo los fines de semanas y no tenía ni tiempo ni ganas de organizar mejor el lugar en el que vivían. El muchacho suspiró, preguntándose en donde pondría su madre esa nueva obra de arte. Ojalá no fuese en el baño.

Después de una caminata de quince minutos, llegó a la galería favorita de su madre. Se encontraba un poco oculta entre el resto de los escaparates, como si quisiera mostrarse sólo a aquellos que tenían los sentidos lo suficientemente desarrollados como para encontrarla. Entró por la pequeña puerta, y se escuchó el dulce tintineo de una campana, indicando nueva clientela. Pero nadie salió a recibirlo, así que mientras esperaba, se dedicó a pasear por la amplia habitación llena de pinturas que cubrían las paredes, esculturas que lo miraban desde los rincones y colgantes de cristal pintado que caían del techo con elegancia. Aquello era infinitamente peor que su propia casa. Cada cuadro era aún más extraño que el otro: figuras mitológicas caracterizadas con fuertes colores, praderas y bosques con árboles que jamás había visto en su vida, rostros de seres híbridos que lo miraban a donde quiera que fuese. Las esculturas no eran mucho mejores. No le daban miedo, si no que le producían una inexplicable curiosidad. De todas formas, esperaba que nunca se le ocurriera a su madre encargar alguna de esas. Cansado de mirar, se dirigió al mostrador vacío, para aguardar allí, pero una figura se le cruzó en el camino, una muchacha que observaba una pintura. La miró más detenidamente, y no tardó en darse cuenta de que se trataba de la misma chica que había visto en la biblioteca hace unas horas. Ella estaba tan concentrada en lo que veía que no se percató de la presencia del joven. Él se acercó silenciosamente por detrás y dirigió sus ojos a la pintura. Otro desastre surrealista. Pero éste era diferente, muy diferente. Un sendero a través de unas ruinas, y algo parecido a lluvia cayendo desde el cielo grisáceo. La maleza distorsionaba el cuadro, dándole un aspecto triste y ligeramente enfermizo. No había nada que le interesara, ningún rastro de luz o de vida, pero no se sentía capaz de desviar su atención a otra cosa. Parecía que cada pincelada quisiera hipnotizarlo, llevarlo a ese paraje abandonado y mostrarle algo sorprendente. Pero no había nada, absolutamente nada. Una voz a su lado lo forzó a apartar el cuadro de su mente.

– Disculpa por la demora, ¿te puedo ayudar en algo?

Una mujer alta y de cabellos claros lo miraba con amabilidad, con un par de cajas en sus brazos. Debía de tener alrededor de unos 40 años, pero su aspecto era tan jovial que dudó un poco acerca de la edad.

– Eh, hola, sí. Vengo en nombre de Anna Kerrigan. Me pidió que pasara a buscar un encargo.

- Ah, sí – recordó la mujer, sonriendo.- ¿Te gusta?

– ¿Qué cosa? – preguntó Rowyn, sin entender.

– El cuadro – señaló la dueña de la galería –. A la señora Kerrigan le fascinó.

– ¿Es éste el cuadro que debo llevarme? – preguntó una vez más el muchacho, notoriamente desconcertado.

Antes de que la mujer respondiera algo, él se percató de que alguien se movía delante de él. Ah, ella... se le había olvidado que ella estaba allí. La muchacha miró a Rowyn como si no fuera más que aire, y luego se dirigió a la dueña.

– Mamá, ¿te ayudo con esas cajas?

– Sí, por favor. Déjalas detrás del mostrador.

Rowyn no entendía. Era la misma chica de la biblioteca, ¿es que no lo había reconocido? Es más, parecía ni haberlo visto siquiera. Y ese cuadro... ¿por qué tenía que ser precisamente ese cuadro el que había elegido su madre? La imagen colgada de la pared lo atraía con fuerza.

– Espérame un poco, debo envolverte la pintura antes de que te la lleves.

La señora desapareció por una puerta, con el cuadro en sus brazos, y Rowyn sintió la voz indiferente de la hija desde el mostrador.

– No puedes llevártelo.

– ¿Qué? – ella lo estaba taladrando con la mirada, y se sintió repentinamente nervioso.

– Que no puedes llevártelo – repitió ella, con un dejo de impaciencia –. Si te lo llevas, te perseguiré.

– Este cuadro lo compró mi madre, yo... – el chico no alcanzó a terminar la frase, porque al ver que la otra mujer volvía con un gran paquete, la muchacha se apresuró en desaparecer de la vista de todos. Rowyn recibió el paquete y salió raudamente de la galería, sintiéndose un poco aturdido, como si hubiesen golpeado su cabeza con un garrote. ¿Qué demonios quería esa niña al amenazarlo de tal forma? Pero recordó la manera en la que ella observaba el cuadro, y dedujo que tal vez, por capricho, no deseaba que su mamá lo vendiera. No, definitivamente, no era la misma que había visto en la biblioteca. Debía de haberse confundido, nada más. Porque la enorme sonrisa de una era muy diferente a la inexpresividad de la otra y no concebía que una misma persona tuviera dos lados tan diferentes.

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{ Primer Mundo }

| 0 oráculos |

Rojo. Lo veía todo rojo. Y blanco... manchado de más rojo.

Revisó sus manos temblorosas. Estaban limpias de sangre, a diferencia de las manos de los otros que caminaban en su misma dirección. Quiso vomitar.

Aquellas manos infestadas de inocencia redimida se paseaban por los rostros furiosos, y las risas hirvientes se multiplicaban a medida que el corro de zombies se aglutinaba en torno a un hombre semidesnudo. Todo era rojo, repulsivamente rojo. Los muros, el empedrado de las calles, el polvo que flotaba en el aire casi irrespirable, los estandartes que enarbolaban los centinelas que mantenían al hombre de espaldas a la muchedumbre, el cielo... y cada una de las heridas que acariciaban grotescamente el cuerpo del prisionero. Revisó una vez más sus manos, horrorizada. Estaban sucias de barro y sudor, aún limpias de culpa. Aún... 

Las nubes comenzaron a poblar rápidamente el sanguinolento firmamento, y ella alzó los ojos, con cierto temor. Él también lo hizo, y el gentío gritó aún más fuerte, sedienta de venganza. No tardaría en llover sangre. 

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